A Cristina la conocí a raíz de una película anterior sobre fotografía, película que presenté en el cineclub de Guille Franco. Recuerdo que charlamos mucho cuando terminó la proyección y que me gustó su entusiasmo. Me contó sobre su trabajo como investigadora, cómo la mueve la curiosidad y me sentí atraída a su forma de trabajar. Además, ella abrió un mundo sobre especialistas en fotografía. En aquel momento pensamos (o tal vez lo dijimos las dos, o tal vez yo me lo dije a mi misma): “podríamos hacer un trabajo juntas, algo audiovisual”.
Pasaron algunos años hasta que le propuse presentarnos a una beca. Así empezó Vado in América para mí, porque para Cris ya había empezado mucho antes. A partir de ahí pude observar de cerquita algo que es de mi interés, que vengo analizando y desmenuzando hace varios años y es “cómo es el proceso creativo de cada hacedor”, en este caso: Cristina.

Pasaré a detallar, sin más preámbulos, lo que he dado en llamar: El Método Cris

El método Cris, tiene todos los condimentos de su personalidad. Lo que más se destaca, a mi entender, es su simpatía, este detalle lo pude observar en reiteradas ocasiones, pero sobre todo en los viajes y se resume en una sola palabra: preguntar. El primer ítem del Método de Cris es: preguntar. El otro aspecto que deviene del primero es, la disposición total a entablar conversaciones con todo ser que pueda emitir algún sonido y/o señal, es decir, que pueda responder.
El tercer ítem se encadena con el segundo, pues Cristina puede entender casi cualquier idioma, si no es por mérito lingüístico será por mímica o por ósmosis. Otro aspecto clave es la interconectividad de historias alojadas en el cerebro de Cris, esta es una capacidad asombrosa, la facilidad para conectar apellidos, acontecimientos, ubicaciones espaciales, en tiempos remotos o actuales.
El quinto ítem, es que Cris se las arregla para crear y/o sumarse a todas las aventuras que se puedan generar y/o compartir, en torno siempre, a la investigación. El sexto es su generosidad, compartir conocimientos y abrir el juego a otras áreas interdisciplinarias de su quehacer.
Y, sin duda, el condimento más importante es su profesionalismo como Doctora en Historia o como en italiano le dicen: La Stórica.

Voy a pasar a detallar algunos episodios para resumir y para dar un pantallazo de lo que he percibido y aprendido con Cris todos estos años mientras hacíamos, una película, una muestra de fotos y especialmente trataré de detenerme en lo que aquí nos reúne que es nada más y nada menos que el libro “La intimidad del desarraigo” concebido y escrito por Cristina.

Como algunos ya deben saber, esta aventura comienza con un hallazgo, ese hallazgo sucede gracias a que un carrero levantó unos vidrios que habían sido descartados y los vendió a una mujer que vive en Alta Gracia. Ruth contactó a Cris y así arranca la investigación, para reunir distintas partes de esta colección de fotografías cuyos negativos son de vidrio y que ahora, y gracias a la gestión de Cris, está resguardada en la Universidad de Córdoba.

En Noviembre de 2018 nos encontramos en Mar del Plata, porque Cristina es cinéfila y va al festival casi podríamos decir, religiosamente. Me habían prestado una casa en Punta Mogotes, fui con mi amiga Mili y allí Cristina llevó fotos de esta colección junto con un informe histórico de 10 páginas. Nosotras escuchamos y grabamos con atención. Fueron cinco horas de charlar y escuchar cómo Cristina había comenzado a reunir una colección que si no fuera por ella, estaría perdida tal vez, o repartida en distintos lugares, con suerte. Pasaron las horas y cuando quisimos darnos cuenta, se había largado un chaparrón, Cristina quiso irse de todas maneras así que la acompañamos bajo la lluvia, empapadas, hasta que después de preguntar, tomó el bus bajo una lluvia torrencial. Cuando llegó al hotel nos dijo que se había colado agua en las fotos de contacto, hechas por Paty, que le habían dado una impronta más misteriosa a lo que nos esperaba para seguir investigando.

2019 Febrero, en la casona familiar de Córdoba. Ese año ganamos una beca del FNA y llegamos con Mili, desde San Luis a Córdoba. Nos recibieron Mercedes y Cristina en la casa familiar, que es una casona espléndida, llena de libros y objetos de belleza incalculable. Mercedes, nos alojó, nos apañó, nos llevó y nos trajo a donde fuera necesario, todo era posible si ayudaba a avanzar en esta epopeya. Allí frente a un ventanal inmenso que da al patio nos pasamos dos semanas mirando fotografías que imprimimos en papel, formando grupos, creando secuencias y pegando con cinta scotch en vidrios y paredes lo que íbamos clasificando e identificando.
Y como una especie de museo privado permanente, allí quedaron adheridas durante semanas, aún después de que volvimos a Buenos Aires. Ese fue el primer set de filmación de la película y en ese momento se sumaron Fede Robles y Ana Apontes al proyecto película. También ese año conocí y me enamoré de Fran, el hijo de Cristina. Y lo aclaro porque Fran ha sido parte de muchos episodios en esta trama que podríamos llamar “La vida misma”. Después de un año de trabajar avanzando conectando información y uniendo datos como detectives, la Pandemia no nos detuvo y seguimos con Cris, enviándonos audios, escritos, intercambiando ideas y avances de la investigación.

Primer viaje a Suiza
Después de la Pandemia, Cris retomó el viaje que había previsto y se fue a cruzar el atlántico. Llevó las fotos y el entusiasmo de encontrar algún indicio, pista, algo que conectara con la investigación. Y Cris como una antena mágica, conectó, ató cabos, unió destinos. Era mayo de 2022, un sábado, a las 8 Am: sonó el celular. Con Fran atendimos a Cristina en altavoz, porque quería decirnos algo a los dos. Con la voz excitada nos dijo “Tienen que venir a Suiza”. Había conocido a Paolo Righetti, bisnieto del posible fotógrafo y entre los dos habían conspirado este encuentro. En medio de la confusión y aunque sonaba imposible, nos pusimos en marcha para poder concretar la orden. En dos semanas preparamos todo y logramos abordar un avión en dirección a Suiza. Los inversores para afrontar los gastos fueron Paolo, Cristina y mi mamá, porque en ese momento aún no habíamos ganado en el INCAA. Todo esto fue mediante horas de videollamadas con Paolo, reuniones con Ana, con Fede, trámites y múltiples búsquedas de vuelos que Fran hacía una y otra vez.

Cuando llegamos, nos recibieron Cris y Paolo, nos sentimos en familia. La habitación de Cris tenía las fotos enmarcadas, las mismas fotos que encontramos en Córdoba. En el escritorio que Paolo le había dispuesto, tenía pilones de postales o cartolinas, cartapacios plagados de documentos legales, litigios, testamentos con lujo de detalle y un copiador de cartas escrito en papel casi transparente que se desvanecía de solo mirarlo. Ahí, en ese escritorio junto a la ventana con vista a lo Alpes, se pasó Cris doce días y noches tomando notas, escribiendo, siempre con guantes que una vecina le dio como recuerdo de la pandemia.
Ahí en ese recinto visitado por fantasmas, pinturas, objetos familiares y fotografías, Cris ideó el germen de este libro. A esta altura de los acontecimientos, Cris ya casi hablaba con estos personajes mitad reales, mitad imaginarios que rondaban en nuestros almuerzos, iban y venían en recuerdos, memoria y tipografías ilegible.

El día que fuimos en busca de los Rovelli Aquí podemos aplicar mucho de lo que enumeré al inicio. Cris no sólo llevaba las fotos de esta colección, aprovechando la escapadita por las Europas, llevó otras imágenes, entre ellas las de su Tío abuelo Adolfo Rovelli y una misión: encontrar su casa en Bigorio, en la región de Capriasca. Como Ariadna pero sin hilo, Cris nos guiaba por un laberinto en donde daba por hecho que la casa aún existía. Un poco desorientados, Paolo, Fran y yo la seguíamos sin muchos resultados. Hasta que en una de los vericuetos del paese, apareció de pronto una mujer en una ventana. Cris de inmediato aplicó una de las herramientas favoritas: preguntar y la otra que es, entender cualquier idioma. El resultado fue que la señora nos acompañara en la aventura, con bastón y valentía por el empedrado estrecho. Descubrimos además que era medio pariente de Paolo. En el camino encontramos más vecinos que se sumaron a la búsqueda. Finalmente logramos dar con la casa, mantenida casi exactamente igual a la foto de antaño.

El segundo viaje a Suiza
Esta vez tuvimos tiempo de hacer preproducción y un año de reuniones con suizos que prometían apoyar el proyecto que actualmente consta de: un libro, una muestra itinerante de fotos en Ticino y una película en camino. En este momento Valerie, una Suiza que baila tango y que es más argentina de lo que cree, se sumó a ayudarnos, estando con un pie en cada país nos ayudó a entender y a resolver muchas cosas. Los primeros días paramos en Aranno, en una casita del tamaño de una casilla rodante. Helena nos recibió la primera noche, preparó un Risotto que compartimos con hablantes de alemán, italiano, español e inglés. Esa noche nos fuimos a dormir en las camitas marineras la llamamos a mi mamá Aída y con Cris las tres nos reímos a mandíbula batiente. Los nervios de lo que habíamos pasado un año entero y lo que vendría se convertían en risas que no terminaban en la habitación que balconeaba con estrellas, montañas y nubes. Al otro día llegó Valerie, que fue la persona precisa para conectar a estas argentinas con el otro mundo.

Y llegamos al presente, convocados en este hermoso lugar que eligió Cris para invitarnos a celebrar la existencia de un libro tan importante que nos ayuda a ejercitar la memoria y a rescatar parte de nuestra historia. Yo agradezco haberme cruzado con Cris que como dije es una hacedora incansable (aunque de vez en cuando se cansa, pero igual no para). En estos tiempos tan oscuros, poder seguir haciendo y soñando, es parte de sostener nuestras identidades. Porque hoy es necesario aclarar que la cultura se sostiene cuando la hacemos, la reproducimos, el arte existe cuando lo vivimos. La memoria la verdad y la justicia son los hilos que tejen nuestra identidad como partes de esta construcción social que hemos logrado conseguir. Este proyecto es posible porque personas como Cris ponen todo de sí, incluso auto- financian, pero además porque hay instituciones que ayudan a poder materializar proyectos que trascienden intereses económicos, proyectos como este que nos va a trascender y que va a quedar para otras generaciones y es gracias también a que nos han apoyado instituciones estatales como la Universidad de Córdoba, el Fondo Nacional de las Artes, el INCAA y MICA organizado por el Ministerio de Cultura. Quería decir esto y no dejarlo pasar.

Confitería de la Estación Ferroviaria Mitre, 04 de abril del 2024